martes, 24 de abril de 2012
La palabra
…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Que buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de la tierra de las barbas, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.
domingo, 22 de abril de 2012
Opinóloga
Nota preliminar: Las notas siguientes que suscriban debajo del título “Opinóloga” son parte de un nuevo espacio dentro del blog que incluirá segmentos de opinión de quien habla, sobre temas varios, tanto de actualidad como de interés general. Como justamente corresponden al género de la opinión, me limito a hacer observaciones de la realidad con datos que pueden ser o con verificados por su veracidad y que seguramente tengan más que ver con el sentido común que con el saber de tipo científico e intelectual… Ahí vamos…
De los viajes en el trasporte público…
"Viajar es un placer" dirían algunos como Pipo Pescador. De hecho muchos lo creemos así, pero lo cierto es que pasamos gran parte de nuestra vida viajando, a lugares poco placenteros, rodeados de limitaciones y obligaciones que nos alejan del placer ansiado. También están los que prefieren quedarse en casa antes que subirse a un vehículo. Pero esa es otra historia.
Viajar en tren, colectivo y subte son cosas de todos los días. A la mayoría de nosotros le tocó (y le toca) alguna vez recorrer todos los días muchos quilómetros para llegar al trabajo, muchas veces pasando por los tres tipos de trasporte juntos. Recuerdo una época hace unos años cuando tenía que ir desde Claypole hasta Microcentro con lo que eso implica, salir de ahí después a la tarde y correr para llegar a la facultad de noche. Nada nuevo ni mágico o desconocido. A todos nos pasa en algún momento. Si nos ponemos a pensar muy seguido tenemos ganas de largar todo, nos decimos “No llego más a casa”. A la mañana antes de salir nos fijamos el noticiero solo para saber si hay alguna calle cortada, algún problema con el servicio y claro, para ver la hora y calcular cuánto tiempo tarde podemos llegar… A veces me pregunto si eso esta bueno. Porque nadie se queja. Sí del trasporte, sí de los embotellamientos, sí de los cortes, pero nadie se queja de que tengamos que viajar más de una hora, llegar cansados y traspirados después de correr a ese colectivo que nos para en el medio de la avenida. Viajar apretado como si fuera lindo toquetearse tampoco esta bueno. “¿Entraré?”, pensamos cuando para el tren en la estación y lo vemos lleno por las ventanillas. Y una vez arriba la pregunta que se nos cruza es “¿Por dónde me bajo?”. Sí, todos somos víctimas de los trenes que parece que van al matadero más que al Centro. Claro sin olvidar que nos “apoyen” con el típico “discúlpame” o “permiso”, o que corramos el riesgo que en esos apretones nos afanen algo del bolso. Así que encima de pasarla mal, miramos hasta con ojos en la espalda todo lo que nos rodea. Sumémosle al paisaje los vendedores ambulantes que son una fuente de tentación (no sabemos que venden pero queremos comprarles, o chusmear que venden), porque nos generan la necesidad de tener lo que traen en las manos, nos chocan o nos ponen el parlante en las orejas cuando pasan si su oferta son cds. Ojo que los vendedores me caen muy bien y muy a su favor muchas veces nos hacen sentir acompañados cuando pasan más de una vez... (Porque en el tren te sentís un poco solo a veces, por la falta de chofer a la vista). Lo que mi sentido común todavía no acepta y nunca va a aceptar es que se te aparezcan chicos, muy chiquitos casi siempre a pedirte una moneda con la excusa de una tarjetita entre sus manos. ¿Qué hay que hacer en ese caso? Da pena para algunos, en lo particular lo que siento es odio, bronca, que chicos con esa edad anden de vagón en vagón dando ese espectáculo lamentable. ¿Responsables? Muchos, múltiples. Si no les das una moneda te sentís mal, te sentís un hijo de puta, aunque si les das te queda el sabor amargo de no saber adónde va a parar esa moneda asquerosa que salió de tu bolsillo.
Así que, como vemos no está muy bueno viajar así. Son las 7 de la mañana y llegaste al laburo con mil historias que contar. Cansado, y seguro con algo de malhumor. Algunos tienen suerte y se les pasa porque disfrutan su trabajo, no como a mí que llegaba cargada y encima la pasaba mal.
El viaje en bondi es otro cantar como diría mi viejo. Uno sube al colectivo y mira para todos lados buscando un asiento vacío. Después se nos cruza por la mente las cosas que podemos hacer en el camino. Miramos por la ventanilla, aunque muchas veces sepamos de memoria por donde va. Cuando pasa el tiempo de ver lo mismo, y son meses, años igual, miramos diferentes cosas: la cantidad de casas, de paradas, la misma gente. En lo particular me gusta imaginarme adónde bajará la gente que está en el colectivo, y adónde irá una vez allí. Las mismas calles, el mismo destino.
Así que viajar muchas veces no es como quisiéramos. Es parte de la costumbre, de la realidad de todos los días. Nos sentimos distintos cuando vamos de paseo, de vacaciones. Solo tenemos que hacernos a la idea de que la mitad de las cosas que hacemos por rutina no son las mejores ni las más divertidas, lo esencial es encontrarle algo novedoso, algo especial a esa realidad que nos toca vivir...